Tal vez no lo sepan, pero los fines de semana me dedico a vender chocolates en los restaurantes del lado sur del Volcán de Colima. Obviamente eso me da oportunidad de conocer a un montón de personas. Con agrado me he encontrado un par de situaciones y otra más que me sorprende por la forma en que los hombres muestran aspectos vergonzosos del machismo. Ya les contaré en seguida.
Primero, me gusta ver que en uno de los restaurantes más lujosos (con una vista espectacular del volcán, por cierto) y caros de todos los que visito, frecuentemente veo a personas, a familias de padres trabajadores, obreros pues, que se dan el lujo de disfrutar de una rica comida todos juntos en dicho lugar. Eso demuestra que hay poder adquisitivo para muchos de nosotros y que el mismo restaurante no hace discriminación para tales personas. Tengo que decir su nombre puesto que me parece muy loable otorgar servicio a todos, es el de la Brumas del Volcán.
Segundo. Otra de las cosas que he visto con agrado y, además incrementándose, es que cada vez hay más mamás que amamantan a sus hijos en estos restaurantes. No hay pena por parte de nadie por una acción por demás natural. Siendo que hace unos recientes años se dio esa estupidez por parte de algunos de pedir que ese acto de amamantar por ser algo vergonzoso y poco higiénico (¿de dónde sacarían esto?), debería hacerse en un lugar alejado de la vista del público. Los baños, sugerían algunos. ¿Qué lugar más antihigiénico habrá que éste? Total, que recuerdo que en Guadalajara se hicieron protestas públicas queriendo reivindicar el derecho a la "amamantación" natural y en cualquier espacio público o privado. Parece que lo lograron y ahora lo volvemos a ver tan natural como hace algunas décadas. Bien por nuestras valientes mamás.
Tercero. El vergonzoso. Obviamente hay muchas personas que me dicen que no quieren comprarme nada y unas de las explicaciones que me dan con más frecuencia es: "es que somos diabéticos y no podemos comer azúcar". Claro que tenemos chocolates sin azúcar, pero entiendo que no quieren comprarme nada y me alejo de ahí. Pero la que me parece muy ridícula de escuchar (disculpen mi franqueza) es la siguiente: no, pues vivo solo y no tengo esposa que me lo prepare. ¿En serio señor? ¿Necesita que una mujer le prepare algo tan sencillo como poner el chocolate en una licuadora? Claro que esta frase deja ver lo que durante siglos pareció algo normal: la mujer en la cocina, el hombre ni se arrima (je, tuve que hacer una rima). ¡Qué inútiles nos vemos los hombres ante tales afirmaciones!
Ya, eso quería contarles en esta ocasión. Y los dejo porque tengo que prepararme para irme a chambiar vendiendo los Chocolates Maravilla.
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